Son las 5 de la mañana. Creo que de los nervios solo dormí 3 o 4 horas, pero ya estoy en pie, con mi mochila que contiene tres calzoncillos, tres calcetines, dos pantalones cortos, uno largo y tres poleras, más una camisa, y unas galletas para el camino. A eso le sumamos un arnés de fotógrafo que creo que me regaló Carlos Vera, hace ya varios años, que está cargado con una Nikon d300s, un objetivo gran angular Tokina 12-24 f/4, un fijo Nikon 50mm f1/.8 y un zoom Nikon 80-200 f/2.8, y a eso le sumamos un flash y una mi nueva cámara Fuji x100t. Es decir, varios kilos que cargar de manera ininterrumpida por hasta este momento seis medianamente planificados días.

Tomo desayuno caminando al tren, un sandwich de pan de molde con tres combinaciones de relleno distintas, huevo-mayo, jamón-queso, atún-mayo y un café con leche comprados en el minimarket del primer piso de donde vivo, voy feliz y lleno de energía. Ya son las las 5.40 de la mañana y en Tokyo es de día hace ya más de una hora y por primera vez en mi vida tomo el primer tren que pasa por la estación Tokyo Teleport en la isla artificial de Odaiba. Son mis primeros 30 minutos de un viaje que duraría cerca de 15 horas.


El primer cambio de importancia en este viaje de 950 kilómetros de distancia entre mi casa e Hiroshima lo tuve que hacer a las 7 de la mañana en Shinjuku, una de las estaciones más importantes de Japón, con sus casi 40 andenes, y transitada diariamente por cerca de 4 millones de personas. El dato no deja de ser relevante pues el tren Limited Express Super Azuza 1 que me llevará en el primer tramo va repleto. Mucha gente parada para un trayecto que durará 2 horas y media, y que nunca se vaciará por completo. Hago un cambio por segunda vez en el día y ahora tomo otro Limited Express, esta vez Shimano 6. Me sorprenden mucho estos trenes, pues aunque se ven a mal traer y quizás un poco viejos, son lo más parecido a un Shinkansen, rápidos y con forma de avión.

Ya voy camino a Nagoya y arriba del Shimano 6 cuando el inspector de boletos me pide mi pasaje por primera vez y luego de ya tres viajes sin jamás mostrar el boleto de trenes que me había comprado el día anterior. Al tomar mi ticket, el inspector me mira con extrañeza y en un perfecto japonés me dice que ese boleto no sirve. Sólo debo tomar trenes que pertenezcan a la compañía Japan Rail. Yo protesto y le digo “pero este tren es de la JR”, a lo que él me explica en un inglés tan malo como el mío, que no puedo tomar este tipo de trenes. Y me invita a pagar la diferencia o a bajarme del tren en la próxima estación.

Y ahí estoy viendo cómo se va el tren, luego de que me dejara en una estación en medio de la nada, en un valle con ríos y bosques de bambú, verdes y extensos campos de arrozales entre las montañas, solo, molesto por este desaire japonés y con la incapacidad de tratar de comunicarme con alguna persona que supiera cómo debía llegar a la estación donde debo hacer transferencia para ir a Nagoya. Por suerte aún tengo batería en el teléfono. Busco cómo llegar y encuentro un tipo de tren que me servirá de transporte a todos los lugares, incluso la vuelta a Tokyo.

Los trenes locales son precisamente eso, un tren de 4 o 5 carros que lentamente se traslada de un punto a otro parando por todas las estaciones, lo que aumenta un viaje de un tren Limited Express de media hora a dos horas en un viaje en un tren de este tipo. Por suerte estos trenes rurales tienen grandes y limpios baños, también paran cada cierto rato un momento más largo donde uno puede comprar bebidas de las máquinas expendedoras que están regadas por lo más recóndito del país. Estos trenes tienen mullidos asientos, junto con un excelente aire acondicionado y en el primer carro, se puede observar cómo el conductor mueve las palancas de velocidad, bocinas, y con sus manos enguantadas apuntan a la vía o a alguna aguja que marca quizás la temperatura.

Entre cambios y cambios de trenes, y con un total de más de 15 horas de viaje e incontables estaciones, llegué a Hiroshima a las 22:30 de la noche, por lo menos tres horas más tarde de lo que tenía planeado en un primer momento. Y así sin más, salí a buscar un lugar donde dormir, pues para la primera noche no tenía reservación en ningún lado. Aunque la estación de Hiroshima no está situada en las cercanías de ningún tipo de comercio céntrico, hay un par de hoteles bastante caros y en esta ocasión un día antes de la conmemoración número 70 de la explosión nuclear, obviamente todo estaba lleno. Decido irme al centro de la ciudad, que además queda situado a unas cuantas cuadras del Parque de la Paz, lugar donde al día siguiente se desarrollaría la primera de las actividades de conmemoración.

Doy vueltas y vueltas, el centro tiene varias cuadras, todas iluminadas por neones de restaurantes, bares, night club. Recorro casi todas las calles buscando un lugar donde dormir, y un karaoke no es la opción, no encuentro ni hoteles, ni hostales, hasta que ahí está… un pequeño cartel de pvc retroiluminado con una fotografía donde aparece un hombre risueño, feliz, con los ojos cerrados, con su cabeza en una almohada y tapado hasta el cuello. “Ésta es la mía, aquí dormiré”, pienso reconfortado. Subo las escaleras hasta el segundo piso y mientras asciendo ya noto algo medio raro porque hay muchos carteles de películas de adultos. Debo decir que en Japón no es algo que uno se cuestione de buenas a primeras. Llego al segundo piso y me encuentro con un piso entero de películas porno en dvd.

Lo primero que hago es ir a la caja donde hay una persona esperando que le entreguen una caja, con unos dvd que antes había elegido de los escaparates. Se llevará además unas llaves. Da mi turno con el cajero, le pregunto si se puede dormir ahí, y cuánto cuesta la noche. Me muestra una especie de menú fotográfico donde indica que uno puede quedarse, por media hora, horas y la noche entera. Le indico que quiero la noche entera y que si me puede despertar al otro día a las 5 de la mañana. Me entrega la misma caja, esta vez sin películas pues yo no elegí ninguna, pero sí acompañada de pañuelos desechables y un condón. Por cierto este lugar era sólo para hombres, o por lo menos así lo entendí yo.

Comienzo a subir al tercer piso y ya todo es evidente: fotografías, mangas, más películas porno, hentai y un cuanto hay con respecto a la cultura erótica nipona y la autosatisfacción. Veo una máquina dispensadora de calzones, medias, vaginas de goma de la marca Tenga, y unas especies de dedales que al parecer dan pequeños golpes de corrientes en el pene. La habitación que me dieron es pequeña, de dos metros por dos metros, con dos televisores, un dvd, y un gran sillón de cuero con forma de diván de siquiatra. Luego de salir a buscar algo para comer y encontrar un restaurant de una muy barata comida china cerca de las 12 de la noche, volví al lugar aquél y me dormí. Mi primera noche en Hiroshima la pasé en un lugar al que yo bauticé como Hotel El Masturbatorio.

Por suerte mis dos noches siguientes las pasé en un hotel cápsula, que siendo igual de pequeño, no era un lugar al que fuera la gente a masturbarse después de salir del trabajo o haber ido a un night club, y que no le haya alcanzado el dinero para pagar por sexo.

Mi hotel cápsula de seis pisos es un lugar donde los japoneses duermen por haber perdido el último tren, o que necesitan ir a una ciudad por unas horas o solo pasar una noche. Del segundo al cuarto piso, pequeñas hileras de dos nichos donde hay una cama, una televisión colgando del techo y una pequeña superficie donde poner un celular y un reloj o las cosas de valor; el quinto piso es un espacio común donde hay sillones y puedes ver televisión, o estar en internet y también un pequeño bar-restaurant y lo mejor de todo, el sexto piso completo es una zona de sauna, con los típicos baños japoneses donde uno se ducha sentado, acompañado de tres piscinas en diferentes grados de temperatura.

Me retiré a las 6 de la mañana del hotel cápsula, y fueron nueve horas de viaje en distintos trenes de Hiroshima a Nagasaki. Tomé un tren privado donde alcancé a estar 2 horas y nuevamente me bajaron, esta vez en una estación donde no había nada, casi desértico. Ahí por fin y luego de que éste fuera el tercer tren en el que me pedían respetuosamente que me bajara en la próxima estación, entendí que habían trenes a los cuales yo y mi boleto “Seishun 18 Kippu” no teníamos acceso, así que las siguientes siete horas de viaje lo pasé en cinco trenes locales.

Al llegar a Nagasaki, por suerte ya tenía un pequeño hostel tipo cápsula, pero más familiar, donde me lavaron la ropa que apestaba, y donde me sirvieron un desayuno sustancioso.

La vuelta de Nagasaki fue hasta Okayama, una pequeña ciudad entre Hiroshima y Osaka, donde solo pase una noche en un hotel normal, de esos que tienen habitaciones, camas, baños privados y desayuno estilo americano. Unas cuantas horas después volví a los trenes, donde a pesar de que ya sabía que no podía tomar los trenes Limited Express, me subí igual, y cuando pasaba el inspector, me hacía el dormido. Así estuve en tres de cuatro trenes. Cuando ya venía hacia Tokyo, me “despertó” el inspector y nuevamente el show, pero esta vez yo me hice el loco y que no entendía, hasta que me pidieron nuevamente, para abajo en la próxima estación. Así que ya en la estación donde me dejaron, tomé un tren local y volví hasta Shinjuku luego de tres horas viajando en el mismo tren. Después, transferencia a la Rinkai Line y vuelta a casa.

En total estuve ocho días viajando, de los cuales pasé cerca de 48 horas arriba de un tren. Creo que la próxima vez que viaje lo pensaré mucho mejor y con bastante antelación, quizás tomar un Shinkansen y así hacer el mismo viaje de Tokyo a Hiroshima en que me demoré 15 horas, lo haría en dos horas y media. Eso sí, conocer el Japón profundo en tren es impagable.

One Comment

  1. Christián, saludos y cariños. Grato y entretenido este relato de tu viaje a Hiroshima, además de conocer algo de Japón y de este Japón profundo como tu dices, que es lo mismo, cuando uno viajaba por tren en Chile, años 50-60 por los ramales del sur. Te felicito por esta página, y me gustó mucho las vistas de los poblados japoneses, con un verde maravilloso y cielos tan limpios. Me reí bastante con el nombre puesto al Hotel Masturbatorio…jaja. Parece que allá se “consume” harto sexo y son más abierto que en Chile. Seguiré leyendo la continuación de este viaje por Japón, así uno va conociendo otras culturas. En alguna foto apareces tu, ya que solo te ubico por correo. Un saludo desde Chile

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